La habitación llena de voces

Durante años creyó que su mente era así.
Llena.
Ruidosa.
Cansada.

Pensaba que pensar tanto
era parte de su personalidad.

Pero un día, en mitad de un silencio inesperado,
escuchó algo distinto.

No era una emoción.
No era una sensación corporal.


—Eran voces—.

Frases repetidas.
Antiguas.
Aprendidas.

No es suficiente.
Así eres tú.
Ten cuidado.
No confíes.

Se dio cuenta de que muchas de esas voces
no habían nacido ahora.


Solo se habían quedado.

Como objetos acumulados
en una habitación que nadie revisa.

No intentó callarlas.
No luchó contra ellas.

Empezó a escucharlas
con curiosidad.

Y poco a poco comprendió algo esencial:


no todo lo que pensamos
nos pertenece.

Algunas creencias solo necesitan
ser vistas
para perder fuerza.

La habitación no quedó vacía.


Pero se volvió habitable.

Y en ese espacio más limpio,
comenzó a escuchar su verdadero interior.