Las manos que no se escondieron más

las manos que no se escopertenecen a una colección de cuentos para reconciliarte con tu historia y habitarte con más verdad.

Durante mucho tiempo aprendió a cubrirlas.


No porque dolieran,

sino porque no encajaban del todo
en un mundo donde todo parecía tener
una forma concreta de ser.

Había manos completas,
manos iguales,
manos que no despertaban preguntas.

—Las suyas eran distintas—.


Y en una sociedad que compara rápido,
lo distinto suele leerse como carencia.

Algunas miradas se detenían demasiado.


Otras pasaban por encima,
como si no supieran qué hacer con aquello que no encaja

Y sin darse cuenta,
empezó a protegerse.

No ocultaba solo las manos.

Se ocultaba un poco ella.

Aprendió a ofrecer lo justo.

A no llamar la atención.
A pensar que quizá debía compensar
aquello que faltaba a simple vista.

Durante años creyó esa historia.
La de sentirse incompleta.

La de ser menos.

Hasta que un día,

cansada de sostener tanto cuidado,

se miró con honestidad.

No desde la comparación.

No desde el juicio.

—Desde el amor—.

Y comprendió algo esencial:

no todo lo que parece incompleto
lo está de verdad.

Sus manos no eran ausencia.

Eran experiencia.

Eran camino recorrido.


Eran una forma distinta —y profunda—
de estar en el mundo.

Eran sus maestras.

Ese día no dejó de sentir miedo.

Pero dejó de obedecerlo.

Empezó a mostrarse tal como era,

sin explicaciones,

sin defensas.

Y ocurrió algo revelador:


quien miraba solo la forma, no supo ver.

Quien miró más allá, se quedó.

Porque hay personas que parecen enteras
y viven fragmentadas por dentro.


Y otras que, aun siendo distintas en apariencia,

habitan una plenitud que no se ve.