
Desde su infancia tuvo la sensación
de que debía sostener algo invisible.
No sabía qué era,
pero lo llevaba a todas partes.
En la espalda.
En el pecho.
En la forma de escuchar.
Se hacía cargo de los silencios,
de los enfados ajenos,
de las tristezas que no había provocado
pero sentía como propias.
Cuando alguien sufría,
algo en su interior se activaba.
Como si tuviera que reparar,
acompañar,
compensar.
—Es que soy sensible—, se decía.
Y seguía cargando.
Un día, quiso saber por qué pesaba tanto,
se sentó en silencio y miró aquello que llevaba dentro.
No era un objeto.
Era una historia que no había nacido ahora.
Había expectativas heredadas,
miedos antiguos,
emociones no expresadas
que había asumido como propias
para que otros pudieran seguir.
No sintió rabia.
Sintió alivio.
Comprendió que amar
no siempre significa cargar,
y que la lealtad más profunda
es la que no traiciona a tu propia alma.
Ese día no dejó todo en el suelo.
Pero sí empezó a elegir.
Qué era suyo.
Y qué podía, por fin, devolver.
Y en ese gesto sencillo
—de distinguirse del peso ajeno—
el cuerpo respiró un poco más ligero.
