“En cada uno de nosotros hay otro a quien no conocemos”.
Carl Gustav Jung.
Igual que estamos hechos de átomos en nuestro interior,
estamos hechos de partes en nuestro exterior,
partes que, al unirse, conforman un puzzle perfecto.
Hay piezas de nuestro propio puzzle que se pierden o que negamos.
Entonces sentimos que nos falta algo en la vida y aparece esa sensación de vacío.
Y, como es adentro es afuera, cuando descuidamos alguna parte de nuestro ser,
todas las demás se ven afectadas.
Nuestro ser se manifiesta incompleto en todos sus planos:
físico, emocional, mental y espiritual.
Adentrarnos en la búsqueda de esas partes y aceptarlas
nos ayuda a conectar con emociones más amables,
con aquellas que nos hacen brillar.
Es un viaje emocionante, lleno de incertidumbre.
Un viaje con miedos a abrir la puerta del inconsciente
y con sorpresas al descubrir todo lo que nos estábamos perdiendo.
Es, quizá, el viaje más vertiginoso que podemos hacer:
el viaje a nuestro interior.
La recompensa de encontrarnos y sentirnos completos no tiene explicación,
hay que vivirla.
El camino solo puede recorrerlo uno mismo,
pero contar con las herramientas adecuadas
nos ayuda a afrontar los miedos
y a desmontar las creencias limitantes
que se han ido adhiriendo a nuestra historia y a nuestra identidad.
El amor hacia nosotros, hacia la vida
y el deseo de conocernos de verdad
se convierten en aliados en este viaje de descubrimiento.
Tenemos la responsabilidad de cuestionar
todas esas creencias limitantes que hemos construido sobre nosotros
y que no nos permiten reflejar toda nuestra luz.
Al enlazar con todas nuestras partes,
al conectar corazón y mente,
recuperamos nuestra coherencia emocional
y aprendemos a aprovechar cada oportunidad
para explorar la vida con toda nuestra energía.
Porque nos merecemos ser completos.
Y a veces, ese viaje comienza mucho antes de que sepamos ponerle palabras.

Había una vez una niña que, desde pequeñita, fue etiquetada como “Niña Buena”.
Y así creció, reforzando esa creencia en todas las áreas de su vida.
Pero, ¿qué era ser buena?
Llevaba en su alma el servir, pero estaba despolarizada,
pues para ella servir significaba hacerlo hacia los demás,
olvidándose de sí misma.
Y así se convirtió en una persona buena…
hasta que un día entendió que tenía que haber otra manera de vivir,
una forma más armoniosa,
porque no podía seguir viviendo así.
Y desde lo más hondo de sí misma, donde ya no cabía más peso, dijo: ¡Basta!
Decidió, hace ya algunos años, seguir creciendo,
cambiar el orden de su definición
y convertirse en una buena persona,
aplicándolo en todas las áreas de su vida.
Se enfocó en el estudio de las emociones
y emprendió el viaje hacia su reencuentro.
Lloró y lloró …
Dolía arrancarse tantas capas,
tantas creencias limitantes que no la dejaban crecer.
Rescató a su niña interior
y a muchas partes de ella
que la esperaban desde hacía años.
Ahora sí, se siente cada día más completa.
Ahora sí, se siente preparada para ayudarse
y para acompañar a todo aquel ser
que quiera emprender el viaje hacia su interior.
Ese fue el comienzo de mi propio camino

Mi recorrido
Mi camino profesional comenzó con la formación como auxiliar de enfermería.
Durante esa etapa, al observar el trabajo de las enfermeras, sentí una profunda admiración por su forma de cuidar: la cercanía, la presencia y la manera de acompañar a las personas más allá de lo técnico. Fue entonces cuando decidí continuar formándome y estudiar la carrera universitaria de Enfermería.
Con 19 años comencé a trabajar como auxiliar de enfermería en el Hospital Psiquiátrico Miraflores de Sevilla. Permanecí allí durante seis años, a través de contratos parciales, en un entorno que marcó profundamente mi manera de comprender al ser humano.
Fue mi primer contacto directo con el sufrimiento psíquico, la enfermedad mental y el mundo emocional. Aprendí que cuando la mente sufre, el alma queda expuesta, vulnerable, sin defensas…y que muchas realidades no se explican, solo se sostienen.
Tras finalizar la carrera de Enfermería en el Hospital Universitario Virgen del Rocío, comencé realizando sustituciones en distintos hospitales. Durante ese tiempo ya sentía que mi forma de cuidar necesitaba integrar algo más que la técnica.
En enero de 1994 llegué al Hospital Infantil, donde pronto pasé a formar parte del equipo fijo de la unidad de oncología pediátrica. Allí permanecí trece años de mi vida.
Acompañé el dolor, el miedo, la enfermedad y, en muchas ocasiones, la muerte de un hijo. El vínculo con los niños y sus familias era profundo, porque los tratamientos se prolongaban durante meses y los ingresos se repetían.
En ese contexto comprendí que no solo enferma el cuerpo: el impacto emocional atraviesa a los niños, a sus familias y también a quienes acompañamos.
Aquella etapa dejó una huella muy profunda en mí. Aprendí a valorar la vida desde un lugar distinto, a convivir con la fragilidad y a reconocer el efecto que tiene el sufrimiento sostenido día tras día.
A pesar de los miedos que ese entorno despertó en mí, decidí tener mis propios hijos como una forma íntima de honrar a todos aquellos niños que no pudieron disfrutar de la vida. Nada de lo vivido allí fue en vano; fue una etapa que transformó mi mirada y sembró, sin saberlo entonces, un camino interior.
Desde el 2008 trabajo como enfermera en prisiones. Es un entorno complejo y duro, donde conviven realidades muy distintas.
Cuesta aceptarlo, pero es necesario nombrarlo: la maldad gratuita existe. Hay personas que han hecho daño de manera consciente y que no desean ser ayudadas. No todas las conductas tienen su origen en una herida comprensible, y negarlo también sería faltar a la verdad.
Junto a esa realidad conviven muchas otras personas que no supieron hacerlo de otro modo, porque nunca aprendieron a gestionar lo que sentían, a poner límites o a sostener la frustración. En prisión es frecuente encontrar una profunda falta de gestión emocional, mucha soledad y un fuerte sentimiento de desvalorización.
Ahí se hace visible cómo el juicio externo va moldeando la identidad y consolidando creencias limitantes que dificultan el crecimiento personal.
Quienes trabajamos dentro de prisión asumimos una gran responsabilidad. Nuestra forma de estar, de mirar y de tratar influye directamente en los procesos personales de quienes acompañamos y en su futuro regreso a la sociedad.

A lo largo de este recorrido sentí la necesidad de ampliar mi mirada y mis herramientas. Inicié entonces un camino de formación y autoconocimiento en el ámbito de las emociones: bioneuroemoción®, coaching en intervención estratégica, respiración consciente, meditación y otras prácticas.
Estas formaciones fueron parte de un proceso personal de aprendizaje y conciencia que ha ido dando forma a mi manera de mirar, de sentir y de comprender al ser humano.
Hoy sigo aprendiendo cada día, desde la experiencia y desde la conciencia, sabiendo que el encuentro humano es siempre único y que no todo puede ni debe ser explicado.
Como decía Carl Gustav Jung:
«Conozca todas las teorías. Domine todas las técnicas, pero al tocar un alma humana, sea apenas otra alma humana.»
No se puede ayudar a alguien si lo estamos juzgando.
¿Por qué emoycionesconmar?
El nombre emoyciones nace de unir “emo”, del mundo de las emociones, y “ciones”, del acto de aprender.
Este blog es un espacio para comprender, sentir y crecer emocionalmente, porque aprender sobre nuestras emociones es también una forma de cuidarnos y transformarnos.
Mi misión
Contribuir al despertar de conciencia para comprender el origen de nuestras heridas emocionales y favorecer una mayor claridad mental, emocional y vital.
Y para cumplirla
Comparto desde la gratitud, el respeto y la aceptación.
Desde una presencia consciente, sin juicio, donde cada proceso pueda ser mirado con humanidad y dignidad.
Porque cuando comprendemos de dónde viene lo que sentimos, dejamos de reaccionar automáticamente y empezamos a elegir con mayor conciencia.

