
Desde su infancia había aprendido a hacer lo correcto.
No porque se lo explicaran,
sino porque lo intuía.
Observaba.
Se adaptaba.
Corregía.
Si algo no iba bien,
miraba primero hacia dentro.
Seguro que había hecho algo mal.
Con los años, esa forma de estar
se volvió exigencia.
No hacia los demás,
sino hacia su propio ser.
Quería sentir bien.
Pensar bien.
Gestionarse bien.
Cuando algo dolía,
no se preguntaba qué necesito,
sino qué estoy haciendo mal.
Un día, se cansó de tanto esfuerzo invisible,
se permitió una pregunta distinta:
¿Y si no se trata de hacerlo bien,
sino de escuchar lo que pasa?
No fue un alivio inmediato.
Fue una rendición pequeña.
Dejó de corregir la emoción.
Dejó de evaluarse.
Dejó de buscar la respuesta correcta.
Y en ese espacio
—sin nota,
sin juicio—
descubrió algo nuevo:
no necesitaba hacerlo todo bien
para merecer cuidado.
Solo estar.
Y escucharse.
