
Durante mucho tiempo buscó fuera.
Respuestas.
Señales.
Permisos.
Pensó que en algún momento
alguien le diría que ya estaba bien,
que podía parar,
que ya era suficiente.
Mientras tanto, caminó.
Sintió.
Se rompió.
Se reconstruyó.
Aprendió a mirar su cuerpo sin guerra.
A escuchar sus emociones sin corregirlas.
A dejar ir sin empujar.
A amar sin esconderse.
Y un día, sin grandes fuegos artificiales,
ocurrió algo sencillo:
dejó de buscar.
No porque lo tuviera todo resuelto,
sino porque ya estaba.
En su cuerpo.
En su historia.
En su forma única de sentir.
Comprendió que nunca se había perdido.
Solo había estado lejos de sí.
Volver a casa
no fue cambiar de vida.
—Fue cambiar de mirada—.
Y en ese regreso silencioso,
descubrió que la paz
no es un lugar al que se llega,
sino una forma de habitarse
