Lo que también era

lo que también era

Durante mucho tiempo creyó
que sanar significaba convertirse
en una versión mejorada según los demás.

Más paciente.
Más consciente.
Más amable.

Pensó que había partes suyas
que debían desaparecer
para poder estar en paz.

La rabia.
La envidia.
El cansancio que no quería explicar.
El deseo de huir cuando se suponía que debía quedarse.

Aprendió a vigilarse.
A corregirse rápido.
A no mostrar lo que no encajaba,

para sentir que se adaptaba,

a una sociedad que todo lo juzga.

Y cuanto más lo intentaba,
más lejos se sentía de sí.

Un día, tras años sosteniendo esa lucha silenciosa,
se dio cuenta de algo incómodo y muy doloroso:

—Había partes suyas
a las que nunca había aceptado—,

a las que nunca había permitido sentarse a la mesa.

Partes que solo querían ser vistas,


no justificadas.
No cambiadas.
No explicadas.

Así que, por primera vez,
dejó de intentar ser luz todo el tiempo.

Permitió la sombra.

No para quedarse en ella,
sino para dejar de empujarla fuera.

Descubrió que aquello que tanto rechazaba
no era un defecto,
sino una señal.

La rabia hablaba de límites no puestos.
La envidia, de deseos silenciados.
El cansancio, de una vida demasiado exigente.

Nada de eso le hacía peor.
Le recordaba las diferentes partes del alma humana.

Integrar no fue reconciliarlo todo.
Fue dejar de fragmentarse.

Entender que no tenía que elegir
entre lo que mostraba
y lo que escondía.

Que podía ser contradicción.
Duda.
Luz y sombra al mismo tiempo.

Y que quizá sanar

no era convertirse en alguien distinto,


sino atreverse a habitar
todo lo que ya era.