El espacio que aprendimos a ocupar

Busca una postura cómoda.

No para corregir el cuerpo,
sino para permitirle estar.

Lleva la atención a la respiración.

No la cambies.

Déjala llegar
y marcharse.

Observa cómo el aire entra
y cómo sale.

Sin esfuerzo.

Ahora dirige suavemente la conciencia
hacia dentro.

Observa cómo estás hoy.

Cómo te mueves entre los demás.

Cómo reaccionas.

Sin juzgar.

Solo mirando.

A veces, sin darnos cuenta,
ocupamos poco espacio.

Hablamos menos.

Pedimos menos.

Mostramos menos.

Como si hubiera algo dentro
que todavía intenta
no molestar demasiado.

Observa esto con calma.

Sin reproches.

Solo con curiosidad.

Y comienza a mirar hacia atrás.

Más hacia atrás.

Hasta llegar a esa parte de ti

donde aún habita la niñez.

Un niño que aprendía

cómo moverse en el mundo.

Cómo estar cerca
sin incomodar.

Cómo seguir sintiendo amor.

Observa a ese niño un momento.

No para cambiar nada.

Solo para comprender.

Y deja que aparezca una frase sencilla:

Ese niño estaba intentando sentir amor.

Déjala reposar dentro de tí.

Porque cuando somos pequeños

hacemos lo que creemos necesario

para que el amor no se aleje.

Respira despacio.

Y permite que esta comprensión
se quede unos instantes.

A veces basta con mirar así
lo que aprendimos

para empezar a ocupar
nuestro lugar
de otra manera.

Quédate aquí un momento más.

Y cuando lo sientas,

vuelve poco a poco.

Llevándote contigo

una mirada más amable
hacia tu infancia.