
Durante mucho tiempo creyó que el problema eran sus emociones.
Que sentía demasiado.
Que reaccionaba mal.
Que algo en su ser estaba desajustado.
Cuando la tristeza aparecía,
se preguntaba qué estaba haciendo mal.
Cuando el miedo llegaba,
buscaba cómo eliminarlo.
Un día, en mitad de una emoción conocida,
algo cambió.
No fue la emoción.
Fue la forma de mirarla.
Se dio cuenta de que, antes de sentir,
ya se estaba contando una historia:
esto no debería pasar,
otra vez igual,
soy así.
La emoción venía después,
cargada de significado.
Ese día no intentó calmarse.
No intentó comprenderse mejor.
Solo observó la historia
que se activaba por dentro.
Y algo se aflojó.
Descubrió que muchas veces
no es la emoción la que duele,
sino la interpretación que la envuelve.
Desde entonces, cuando algo aparece,
se pregunta con suavidad:
¿qué estoy sintiendo…
y qué me estoy contando sobre ello?
Y en esa diferencia —tan sutil como profunda—
empezó a encontrar espacio.
