La casa con demasiadas habitaciones cerradas

la casa con demasiadas habitaciones cerradas

Durante años vivió en una casa
que conocía de memoria.

Sabía qué puertas abrir,
qué pasillos recorrer
y qué habitaciones evitar.

Las puertas cerradas siempre le habían dado miedo.
Decía que no importaban,
que ya no las necesitaba.

Allí estaban la rabia que nunca expresó,
la tristeza antigua que aprendió a callar,
la envidia que le dio vergüenza sentir,
el cansancio que no supo nombrar.

Vivía solo en las estancias “correctas”.
Las que no incomodaban.
Las que no generaban preguntas.

Un día, sin saber muy bien por qué,
una de esas puertas se entreabrió.

No ocurrió nada terrible.
No hubo derrumbes ni gritos.
Solo una —emoción olvidada
esperando ser mirada—.

Al principio quiso cerrarla de nuevo.
Había aprendido que sentir demasiado
no era seguro.

Pero algo en su interior
—quizá más cansado que asustado—
decidió quedarse.

Habitación por habitación,
empezó a entrar despacio.
Sin ordenar.
Sin limpiar.
Sin juzgar.

Descubrió que aquello que había llamado sombra
no era un enemigo,
sino una parte de sí
que había sido apartada para poder seguir.

La casa no se volvió perfecta.
Pero se volvió habitable.

Y comprendió algo esencial:


no necesitaba derribar la casa,
solo aprender a vivir en ella
con más verdad.