
Busca una postura cómoda.
No para corregir el cuerpo,
sino para permitirle estar.
Deja que el peso caiga
donde tenga que caer.
No hay nada que sostener ahora.
Respira…
sin intención de cambiar nada.
Hoy no vamos a mirar el cuerpo
desde la comparación.
No vamos a pensar en lo que debería ser.
Hoy vamos a honrarlo.
Lleva la atención a tu cuerpo
tal como es ahora.
No como fue.
No como imaginas que tendría que ser.
Si hay alguna parte de ti
que ha sido difícil de aceptar,
no la evites.
Acércate a ella
con suavidad.
No para entenderla.
Solo para reconocerla.
Y repite internamente, despacio:
Mi cuerpo no está equivocado.
Permite que esa frase repose.
Quizá incomode.
Quizá alivie.
Todo está bien.
Ahora imagina —si te ayuda—
que todo tu cuerpo,
incluida esa parte que falta o es distinta,
forma un conjunto completo.
No perfecto.
—Completo—.
Porque la completitud
no depende de la forma,
sino de la presencia.
Respira…
y permite que el cuerpo sienta
que no tiene que justificarse.
Que no tiene que compensar.
Que no tiene que demostrar nada.
Y repite internamente:
No me falta dignidad.
No me falta valor.
No me falta amor.
Si aparece emoción,
déjala estar.
No la empujes.
El cuerpo también siente alivio
cuando deja de ser mirado como un error.
Quédate unos instantes aquí,
en esta frecuencia suave
donde el cuerpo es hogar,
no examen.
Cuando lo sientas,
inhala profundamente…
y al exhalar,
permite que algo se ablande por dentro.
Vuelve despacio,
llevándote contigo
la certeza de que
tu cuerpo —tal como es—
merece respeto, presencia
y amor verdadero.
