
Busca una postura cómoda.
No para corregir el cuerpo,
sino para permitirle estar.
Lleva la atención a la respiración.
No la cambies.
Déjala llegar y marcharse.
Ahora, dirige suavemente la conciencia
a una zona del cuerpo
que hoy pida atención.
No la juzgues.
No la analices.
Solo siente.
Y repite internamente:
Mi cuerpo no está en contra de mí.
Permite que la sensación se exprese
sin necesidad de entenderla.
Respira hacia ese lugar
como si le ofrecieras espacio.
El cuerpo habla en un idioma antiguo.
No usa palabras.
Usa sensaciones.
Y cuando lo escuchamos sin miedo,
suele suavizarse.
Quédate unos instantes aquí,
en esta presencia amable
donde no hay urgencia por sanar,
—solo permiso para sentir—.
Cuando lo sientas,
inhala profundamente…
y exhala despacio.
Vuelve poco a poco,
llevándote contigo
la certeza de que escuchar
ya es una forma de cuidar.
