
Busca una postura en la que el cuerpo
no tenga que sostenerse.
Permite que el peso caiga
donde tenga que caer.
Respira…
sin corregir.
Sin exigir.
Hoy no vamos a trabajar nada.
No vamos a mejorar.
No vamos a entender.
Hoy vamos a descansar.
Lleva la atención al pecho.
No busques emoción.
Solo presencia.
Imagina que, por unos instantes,
no tienes que demostrar nada.
No tienes que sanar.
No tienes que sostener a nadie.
Y repite internamente, muy despacio:
Ahora puedo descansar.
Deja que las palabras bajen al cuerpo.
Si no llegan, está bien.
—El amor no siempre se siente;
a veces simplemente sostiene—.
Con cada exhalación,
imagina que te recuestas
en algo más grande que tú.
No tiene nombre.
No pide nada.
Solo está.
Quédate aquí unos momentos,
en esta frecuencia suave
donde el amor no empuja
ni corrige.
Cuando lo sientas,
inhala una vez más…
y al exhalar,
permite que el cuerpo
recuerde cómo soltar.
Vuelve despacio,
llevándote contigo
la certeza de que
no todo depende de ti.
