
Busca una postura cómoda.
No para abrirte al amor,
sino para no cerrarte más.
Respira…
sin forzar.
Hoy no vamos a trabajar en el merecimiento.
No vamos a preguntarnos si somos suficientes.
Hoy vamos a permitir.
Lleva la atención al cuerpo.
A cómo está ahora.
Sin corregir nada.
Y repite internamente, con suavidad:
Puedo ser amada tal como soy.
Observa qué ocurre al escuchar estas palabras.
Tal vez aparezca resistencia.
Tal vez emoción.
Tal vez silencio.
Todo es bienvenido.
Permite que la idea de amor
no sea una exigencia,
sino una posibilidad.
No como algo que hay que ganar,
sino como algo que puede recibirse.
Respira…
y deja que el cuerpo sienta
cómo sería no tener que cambiar
para ser amada.
Quédate unos instantes aquí,
en esta frecuencia suave
—donde el amor no pide pruebas,
solo presencia—.
Cuando lo sientas,
inhala profundamente…
y exhala despacio.
Vuelve poco a poco,
llevándote contigo
la certeza de que
no necesitas esconderte
para merecer amor.
