
Busca una postura cómoda.
No para abrir el corazón,
sino para no cerrarlo más.
Respira…
sin forzar profundidad.
Hoy no vamos a perdonar.
No vamos a soltar nada.
No vamos a empujar el proceso.
Hoy vamos a permitir.
Lleva la atención a ese lugar interno
donde aparece la resistencia.
No la mires como un defecto.
Mírala como protección.
Y repite internamente, con honestidad:
Ahora mismo, no puedo perdonar…
y está bien.
Siente el cuerpo al escuchar estas palabras.
A veces, el alivio no viene de soltar,
sino de dejar de exigirse.
Permanece aquí unos instantes.
Sin hacer nada más.
El perdón no siempre empieza con el otro.
A veces empieza
cuando dejamos de violentarnos por dentro.
Respira…
y permite que este permiso
sea suficiente por hoy.
Cuando lo sientas,
inhala profundamente…
y exhala despacio.
Vuelve poco a poco,
llevándote contigo
la certeza de que
todo proceso tiene su ritmo
y merece respeto.
